Me fui de interrail y ésta es mi experiencia

El Interrail, por donde empiezo… Es una experiencia única que realmente recomiendo, yo lo hice este verano junto a seis amigos y la verdad que lo repetiría con los ojos cerrados, sobre todo ahora que ya sé exactamente lo que esperarme.

(Éste es un artículo en colaboración con David Parrilla, amigo inestimable de esta web. Nada de lo que aquí se escribe está patrocinado por interrail ni por ningún tercero.)

Lo cierto es que fuimos algo inocentes y dejamos muchas cosas para el último momento, lo que no recomiendo, porque al final empiezan a surgir problemas y dificultades que son mucho más fáciles de paliar si lo haces con tiempo. Nosotros decidimos hacer un Interrail “low cost”, por así decirlo, que creo que es parte del encanto de hacer este tipo de viajes cuando aún eres tan joven, ya que decidimos quedarnos en hostales, y lo cierto es que creo que ha sido una de las cosas más interesantes, divertidas y curiosas de todo el viaje.

Algo que también recomiendo a todo el mundo que vaya a irse de Interrail es que reserve los trenes, ya sea antes de irse o una vez que lleguen a las estaciones. Nosotros optamos por esta última opción, más que nada porque no nos dio tiempo a la primera, y aún así tuvimos algunos imprevistos.

Nuestro pase de Interrail nos permitía durante el plazo de 15 días poder utilizar los trenes que quisiéramos durante 5 de estos 15, y la verdad es que los aprovechamos al máximo.

Nuestro primer destino fue Ámsterdam, y para poder disfrutar de más días de tren optamos por volar de Sevilla a la capital de los Países Bajos. Cuando llegamos allí ya era de noche y padecíamos una mezcla entre cansancio, emoción y desorientación. Nos vimos en medio de la nada sin saber exactamente como llegar al lugar donde nos alojábamos (West Side Inn Amsterdam). Empezamos a dar vueltas como tontos preguntando a todo el mundo, casi nos subimos a un autobús que nos hubiera llevado a la otra punta de la ciudad, pero lo cierto es que todo el mundo fue muy agradable y servicial, por lo que al final pudimos coger el tram (una especie de tranvía) que nos llevó directamente a nuestro alojamiento.

Ámsterdam nos fascinó; el arte, la ciudad, la gente… bueno y también la lluvia y el frío, algo inimaginable a principios de junio para siete sevillanos, que llevó a que nos tuviéramos que comprar ponchos de plástico en lo más parecido a un bazar que encontramos. También nos aventuramos a acercarnos a uno de los famosos coffe shops, bueno, y que decir, esa noche nos reímos mucho…

Después de la apasionante Ámsterdam tocaba Berlín, así que cogimos nuestro primer tren destino a la capital de Alemania, tren que nos sorprendió mucho por la comodidad.

A Berlín también llegamos por la noche, hambrientos, así que optamos por la opción más fácil, cenar en el Mcdonald’s de la estación, donde unas señoras muy agradables nos regalaron sus tickets de descuento y donde nos dimos que cuenta que una amiga se había dejado la cámara de fotos en el tren, la mejor manera empezar nuestra andadura. Fuimos al servicio de atención al cliente a preguntar y resultaba que la cámara estaba en otra estación de la ciudad, lo que llevó a que una amiga y yo nos fuéramos a dar vueltas por Berlín en metro hasta recuperar la cámara, ciertamente la mejor manera de aprender a moverte por la gigantesca ciudad.

En Berlín es absolutamente necesario moverte en metro debido al tamaño de la ciudad, una ciudad enorme repleta de historia, cultura y fiesta. Una de las noches decidimos ir a Matrix, la discoteca más guiri de Alemania, o así nos la definieron allí, donde conocimos a españoles y a gente de todas partes del mundo (australianas, italianos…), menos de Alemania.

Berlín fue una de las ciudades más entrañables, quizás por Matrix y el alcohol barato que compramos, por las risas en el hostal (el más peculiar en el que nos alojamos), pero sobre todo por la ciudad, histórica, moderna y amable.

Tras Alemania era el turno de Polonia, posiblemente uno de los destinos que más nos sorprendió.

Para llegar a Varsovia tuvimos que dar unas cuantas de vueltas, más que nada porque tardamos mucho en reservar los asientos, así que, tuvimos que coger un autobús hasta Hamburgo, de Hamburgo un tren hasta Poznan, y de Poznan ya pudimos por fin llegar a Varsovia, este último tren fue bastante más incómodo que los anteriores, ya que íbamos en una cabina apretados con otra persona más, pero por lo menos mereció la pena.

Como he comentado, Varsovia nos sorprendió muchísimo, es una ciudad que combina a la perfección historia con modernidad, a un lado tienes enormes e innovadores rascacielos de cristal y al otro lado tienes la singular ciudad vieja llena de edificios de colores con tradicionales dibujos rodeando la Sirena de Varsovia o la Columna de Segismundo.

Lo que también nos sorprendió fue la gente, no por su amabilidad, si no por todo lo contrario, en general fueron gente bastante desagradable, bueno y apenas hablan inglés o hacen intento de entenderse con los extranjeros, por lo menos con nosotros, así que recomendaría que quien vaya a Varsovia lleve el traductor a mano porque si no lo van a tener complicado. Y ya, por último, destacar también los precios… ¡todo baratísimo! Allí tienen una moneda diferente, el zloty, y la verdad es que nos vino bastante bien, sobre todo viniendo de Ámsterdam y Berlín, dos ciudades bastante caras.

Era el turno de Praga, nuestro viaje más accidentando, todo lo que nos podía haber pasado, nos pasó.

Lo primero es que pusimos mal las alarmas, así que teníamos menos de 45 minutos para recoger, vestirnos, hacer el check-out del hostal y llegar al tren, ya os podéis imaginar lo que corrimos… Al final llegamos a tiempo a la estación y al llegar vemos que retrasan nuestro tren 5 minutos, después 15 y finalmente 30, “bueno no pasa nada”, eso pensamos. Cuando nos montamos en el tren no encontrábamos nuestro vagón, así que preguntamos y nos dicen que ha habido un problema, que ese vagón no existe, que nos sentemos donde podamos, así que nos sentamos ¿dónde? En el suelo. Al rato de estar sentados en el cómodo suelo del tren, viene una azafata y nos dice que nos pongamos en primera clase, así que, de lujo, todo solucionado ¿no? Pues no, al rato vuelve a venir la azafata y nos dice que en una hora o así nos vayamos para delante porque el tren se separaba y una mitad iba a Budapest y otra a Praga, y donde nosotros estábamos iba a Budapest. Vemos que pasan las horas, si sí, horas, en plural, y el tren no se separa, menos mal que un chico inglés nos dijo que el tren al final no se iba a separar y que nos teníamos que bajar en la siguiente estación, donde otro tren nos recogería y nos llevaría a Praga. Así que nos bajamos en la siguiente estación, que estaba literalmente en medio del campo, y allí, esperando, nos llega un correo del hostal en el que nos alojábamos, que habían tenido un problema grave y no podían recibir a ningún huésped, así que nos pusimos a buscar como locos algún sitio donde poder dormir, y afortunadamente encontramos un piso.

Tras esta serie de desafortunados eventos, por describirlos de algún modo, pudimos disfrutar de Praga, una pequeña ciudad rebosante de historia y gente, allí hicimos un free tour por el Castillo de Praga, muy recomendable la verdad, visitamos el muro de John Lenon y volvimos a salir de fiesta con unos amigos con los que coincidimos. Allí fuimos a Karlovy, otra discoteca igual que Matrix de lo más guiri, en la que hubo un momento en la que toda la pista, llena de españoles, empezó a pedir la canción “Callaita” al unísono, como si de un coro se tratara.

Después de nuestros días en Praga, ya un poco derrotados, nos dirigimos a Salzburgo, parando para comer y hacer algo de turismo en Viena, decisión de la que después nos arrepentimos un poco porque hacía mucho calor, estábamos cansados y no lo pudimos aprovechar al máximo. Salzburgo, por otra parte, nos llamó muchísimo la atención, es un lugar de lo más pintoresco, muy parecido a un pueblo, rodeado de vegetación y montaña.

Una tarde decidimos comprar unas cervezas y subir al monte de los Capuchinos a ver una puesta de sol mientras descansábamos un poco los pies de tanto turismo, y lo cierto es que fue de lo más mágico, uno de los puntos álgidos del viaje y de las experiencias que más recomendaría a quien visite Salzburgo.

Nuestro viaje acabó en Bolonia, fue sin duda el viaje en tren más agradable, en parte por los increíbles bosques que nos rodearon todo el trayecto y por otra parte gracias al cansancio acumulado que nos ayudó a dormir como bebés durante gran parte del camino. Bolonia es una ciudad con muchísimo encanto rodeada por edificios que no se podrían definir de otra forma como estereotípicamente italianos. Allí probamos típicos helados italianos, visitamos antiguas iglesias y pasamos un poco de calor, bueno bastante calor, pero a pesar de ello fue un gran final para un gran viaje.

Pese a los incidentes que nos acontecieron durante el viaje fue una extraordinaria experiencia en la que no solo visitamos países en los que no habíamos estado antes, si no que también conocimos a gente de todo el mundo, vivimos nuevas experiencias y aunque al pasar tanto tiempo juntos tuvimos algunas rencillas, mis amigos y yo estrechamos aun más nuestros lazos.  

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